LA CORRUPCIÓN

Tendemos a pensar en la corrupción como un concepto abstracto, de grandes números de la obra pública. Pero la realidad es que se esconde en los pequeños detalles cotidianos: en los centímetros de hormigón que le faltan a una calle, en los gramos de menos en la asistencia social y en el precio inflado de los contratos.

En mi última columna analizo las "cuatro familias" de pensadores ante este fenómeno (los Negadores, los Romantizadores, los Comparadores y los Racionales) y cómo ese "vuelto" que se lleva la connivencia política y empresarial lo terminamos pagando con hospitales deteriorados, chalecos vencidos y escuelas sin estufas.

Como decía aquella famosa y cínica frase de nuestra historia reciente: ¿de verdad nadie hace la plata trabajando?

Comparto mi análisis sobre la realidad argentina. Espero tus comentarios.

La corrupción no empieza cuando alguien roba millones. Empieza cuando una sociedad acepta que robar puede ser útil.

"Roban, pero hacen" no es una justificación. Es la confesión de una derrota moral.

"…La corrupción buena es la vinculada a la obra pública, que comúnmente se conoce como "roban, pero hacen", ya que estimula que hagamos obra pública continuamente por lo que es "de las corrupciones más transformadoras…".

Palabras más, palabras menos, independientemente de quién sea el autor de este pensamiento y qué ideología profese, resulta incalificable y muy peligroso.

Pero habría que ser muy inocente para suponer que únicamente en las obras públicas existe corrupción; en las privadas también, y en casi cualquier lugar donde se efectúen compras, adquisiciones o contrataciones, bajo la figura legal que en cada caso corresponda.

Este accionar no tiene limitación etaria, de género ni de profesión: es inherente al ser humano y en Argentina estas labores no las hacen, al menos por ahora, los robots.

Por eso, pensar que este gobierno es el único causante de que mucha gente diga que "antes estábamos mejor" es darle un mérito excesivo.

Somos nosotros quienes no alcanzamos a comprender que ese "mejor" era a costa del futuro, que es nuestro presente; sin olvidar que el actual Gobierno hace los mayores esfuerzos - y con buenos resultados - para que se considere al pasado como algo puramente bueno.

Un tema realmente preocupante es la corrupción. Allí, como en el cuento de Borges, estamos en un jardín donde los senderos se bifurcan, y bien podríamos analizar a las distintas familias de pensadores para sacar conclusiones.

Tenemos a los Negadores: los fanáticos que niegan que en el pasado haya habido corrupción, negociados, licitaciones amañadas, obras sin control o contrataciones dirigidas. Sostienen que no hay pruebas de nada, que los jueces están todos comprados y los medios resentidos porque se oponen a la movilidad social ascendente.

Están los Romantizadores: los complacientes que justifican con frases hechas un pasado corrupto que nos tiene atados de pies y manos. Apelan al "roban, pero hacen", "todos los gobiernos roban", "la culpa es de los empresarios que corrompen", o "las coimas pasan, las obras quedan", restándole trascendencia a algo que consideran inherente al sistema.

Aparecen los Comparadores: los que plantean que, si bien pudo haber corrupción en el pasado, este gobierno también presenta casos, por lo cual tienden a la igualación. Obvian las diferencias de magnitud y de daño al tejido social; como para ellos todo es igual, el antes y el ahora se vuelven un juego de suma cero.

Y finalmente los Racionales: una especie en extinción. No solo establecen una notoria y abismal diferencia entre el pasado y el presente, sino que rechazan de cuajo la idea del "roban, pero hacen" (porque los que roban no hacen lo que deberían hacer). Son los que están preocupados de que las causas por corrupción se resuelvan en muchos casos post mortem y que los condenados reciban tratamientos excepcionales, cuando el daño que hicieron afectó a millones de personas y no equivale a arrebatarle el celular a una señora a la salida del subte.

Suponer que la corrupción es patrimonio exclusivo de la obra pública es de un grado de infantilismo inaceptable. Definamos, entonces, sus diferentes mecánicas:

  • Cuando hay sobreprecios: Lo que debería comprarse o contratarse a $10, se lo paga $13.
  • Cuando hay diferencias cuantitativas: Se compran paquetes de fideos de 500 gr. pero contienen 450gr.; o se contrata un pavimento de hormigón de 15 cm de espesor, pero se ejecutan con sólo 12 cm"
  • Cuando hay diferencias cualitativas: Sucede cuando el producto o servicio entregado no cubre los mínimos de calidad que fueron contratados.

¿Quién se queda con la diferencia?

Obviamente es un negocio a dos puntas; ganan de los dos lados del mostrador.

El que contrata se queda con una parte, y el proveedor o contratista —sabiendo que con ese "canon" no tendrá competencia - se relaja.

Si compitiera de verdad, "a cara de perro", cotizaría a un precio más ajustado; al tener la tranquilidad de que eso no sucederá, infla el precio tranquilo. Total, no pasa nada.

En el caso de las cantidades, el proveedor sabe que no será controlado porque ya pagó por el servicio de descontrol.

Así, los 50 gramos menos del paquete de fideos o los 3 cm de hormigón que faltan quedan como beneficio marginal.

La parte que se lleva el que no usa balanza ni cinta métrica ya va incluida en el precio.

Cuando se trata de calidades la situación es similar: el negocio "extra" consiste en cambiar las proporciones de los componentes y después incluir en el precio la no verificación.

Si ganan todos, ¿quién pierde?

En todos los casos, el que pierde es el que paga, porque siempre desembolsa más de lo que debería y esa diferencia es la que debió utilizarse para hacer otras cosas, o para contratar servicios de mejor calidad.

Entonces, cuando ves un hospital que se cae a pedazos, una calle que siempre se rompe, unos desagües tapados que generan inundaciones, remedios que PAMI saca del vademécum (haciendo desaparecer los descuentos del 100%), escuelas sin estufas donde tus hijos tienen frío, oficinas públicas sin aire acondicionado o policías con chalecos antibalas vencidos... podés dar por seguro que la diferencia entre lo que es y lo que debería ser se lo llevó la corrupción.

Por otro lado, cuando veas a algunos con coches impresionantes, casas fastuosas en barrios prohibitivos, comensales en restaurantes de cubiertos carísimos y que mandan a sus hijos a universidades espectaculares, tomate el trabajo de averiguar si son Gerentes Generales de alguna multinacional o si, simplemente, la hicieron por izquierda.

El eslogan dice que "la corrupción mata", pero también enferma, no cura, no te cuida, te da una peor educación, te cobra con menores descuentos los remedios, te quita trabajo y te hace viajar por peores rutas. Y la lista sigue.

CONCLUSIÓN

Cuando tengamos que volver a votar, prestemos atención a lo que tienen y a cómo lo hicieron.

Hacé tu propia "ficha limpia" y agregale un ítem: Honestidad.

La corrupción no destruye un país de un día para otro. Lo vacía lentamente mientras convence a millones que no había otra manera de vivir.

Recordemos las sabias palabras del filósofo contemporáneo gastronómico Don Luis Barrionuevo, quien en 1990 manifestó para la posteridad que "en este país, nadie hace la plata trabajando".

El paso del tiempo, lamentablemente, sólo le ha dado la razón.

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